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última actualización: 19 de diciembre de 2001

Noticias del Go en la Península Ibérica e Iberoamérica

Aquí antes había una página de noticias. Ya ho la hay.

Hace tiempo me di cuenta de que era incapaz de mantenerla mínimamente actualizada.

En cualquier caso ya no es necesaria. Ahora existen excelentes alternativas, como la revista de Jordi Gené, Goprat, o la revista de Andrés Pernía, Nikkai, que está auspiciada por la Asociación Argentina de Go.

Para los muy curiosos y los interesados por la historia del go latino en internet, aquí está la última versión de la antigua página de noticias. Lo más jugoso que tiene es precísamente lo más antiguo.

En vista de que esta página ha quedado realmente sin objeto, me permito dedicarla a algo dificilmente relacionable con el Go:

Por qué los que pronuncian en castellano las uves como labiodentales hacen en realidad el mayor de los ridículos

Evidentemente no me estoy refiriendo a los extranjeros que intentan aprender nuestra lengua.

Uno se encuentra de vez en cuando a personas, normalmente muy cultas (que lo sean no es realmente necesario, pero sí que se lo crean), que al hablar en nuestra lengua (la suya) pronuncian extrañamente el fonema /b/ de algunas palabras. Como si no hubieran aprendido bien de pequeños y creyeran la /b/ es una especie de /f/ cortita. Intrigante.

La cosa es más intrigante aún porque en ciertas ocasiones sí son capaces de pronunciar bes perfectas y en otras sólo el extraño ruidillo. Si nos fijamos un poco más veremos que el soplidito aparece siempre en las mismas palabras.

Si un lingüista extranjero que hubiera venido a estudiar nuestra lengua viera eso no le encontraría explicación. ¿Por qué esos extraños errores en un conjunto limitado de palabras?. Evidentemente, puesto que suelen ser pocos y aislados unos de otros, se trata de una disfunción... pero ¿porqué todos en las mismas palabras? ¿Qué tienen de particular?

Se volvería loco... hasta que viese un texto escrito. Entonces se encontraría (¡sorpresa!) con que el error de pronunciación corresponde a las posiciones en las que en la escritura el fonema /b/ se representa como "v".

La no-explicación:

(no-explicación porque la cosa en realidad es inexplicable)

Ocurre que en determinado momento de la historia del castellano la /v/ consonántica latina y la /b/ intervocálica convergieron en su pronunciación.

Nadie sabe cuál era la pronunciación exactamente, pero lo más probable es que se tratara de una fricativa bilabial (no labiodental). Exactamente como pronunciamos hoy en día la /b/ intervocálica (por ejemplo en «caballo»).

Sabemos que las pronunciaciones de /b/ intervocálica y /v/ en funciones de consonante convergieron porque los protolingüistas de la corte de Alfonso X eran por lo que se ve más espabilados que algunos cultillos actuales y llevaron a cabo una reforma ortográfica en la que la correspondencia entre fonemas y signos era biunívoca.

Entre otras cosas, la grafía «v» quedó para la fricativa bilabial, y la grafía «b» para la oclusiva bilabial.

Así nos encontramos cosas como «cavallo», o «aver» (si, entre otras cosas la tontería de la «h» muda solían saltársela), frente a «cabello».

(merece la pena señalar que en el caso de «aver»/«haber», cuya pronunciación probablemente no ha variado, el cambio hacia la grafía actual solo puede considerarse como un retroceso (o como mínimo un mediorretroceso)).

Y así estuvo la cosa siglos.

En determinado momento (tal vez por los siglos quince y dieciséis) se produjo una nueva convergencia, y la /b/ intervocálica (de «cabello», por ejemplo) paso a pronunciarse fricativa, mientras que la /v/ no intervocálica se hizo oclusiva. Es decir, los fonemas /b/ y /v/ del castellano medieval (los que aparecían en la ortografía de enonces («cavallo», «aver», «cabello») como «b» y «v») se neutralizaron en uno único, que llamaremos /b/.

Y sin embargo, como suele ocurrir, la grafía no cambió. Pese a que existía un único fonema /v/, se siguió escribiendo «cavallo», «cabello», y «aver».

A todo esto, en determinado momento aparece una institución llamada Real Academia (de la lengua), fundada por el marqués de villena de entonces.

Y... desperdiciando la oportunidad para volver a hacer una magnífica reforma ortográfica (tan magnífica como la de Alfonso X, por ejemplo), van y hacen esto.

Deciden que, puesto que la ortografía que existía era arcaizante (mantenía distinciones como la «v»/«b» que ya no existían en la lengua), lo suyo es reformarla. Pero no para ajustarla a la pronunciación, no, eso sería demasiado sencillo, podría escribir cualquiera. No. Lo que había que hacer era arcaizarla aún más: Las palabras se escribirían con «b» o «v» según su procedencia latina (¡toma ya!). Por cierto, que en vez de eliminar las haches aspiradas castellanas, que tampoco se pronunciaban ya, se dejan y además se recuperan las haches latinas (que en castellano nunca se habían pronunciado, y en latín casi tampoco (su pronunciación aspirada en latín producía casi tanto descojone como la pronunciación de la uve labiodental hoy en día en castellano)).

Y creo que no hay nada más que decir.

Sólo que, mientras que lo de los académicos latinistas de antaño es casi hasta comprensible (justificable no) por el prestigio de los clásicos en una determinada época, lo de los pronuciadores de uve actuales no tiene por dónde cogerlo.


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Última modificación: 19 de diciembre de 2001

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